Menos chicos, más estado: una combinación que fracasa
Para 2030, la Argentina tendrá más de un millón de chicos menos en las aulas. El dato, leído al pasar, puede generar alarma. Pero mirado con perspectiva, abre una oportunidad histórica: profun...
Para 2030, la Argentina tendrá más de un millón de chicos menos en las aulas. El dato, leído al pasar, puede generar alarma. Pero mirado con perspectiva, abre una oportunidad histórica: profundizar y consolidar un proceso de transformación educativa que ya comenzó a discutirse en la agenda pública nacional.
Algo está cambiando en el sistema educativo argentino. No tiene solamente que ver con reformas curriculares ni con debates pedagógicos, sino con un fenómeno más profundo: la demografía. La cantidad de chicos que llegan a la escuela empieza a reducirse año tras año, y ese cambio obliga a hacerse una pregunta que el sistema viene postergando hace tiempo: ¿estamos preparados para educar en un país con menos alumnos y nuevas generaciones?
Hoy, buena parte del debate público reacciona como si el descenso de la matrícula escolar fuera un fenómeno inesperado. Sin embargo, se trata de una tendencia previsible y documentada desde hace años en los registros del propio Estado.
Los datos de natalidad estuvieron siempre disponibles en el Registro Civil, bajo la órbita de los mismos gobiernos que hoy se declaran sorprendidos. O no se miraron o no se les dio importancia. El problema no fue la falta de información, sino la falta de decisión. No se trata de una falla de una administración puntual, sino de una irresponsabilidad política estructural.
Durante años, la organización del sistema educativo fue cada vez más centralizada, con poco margen para que las escuelas se adapten a los cambios demográficos y sociales. Esa rigidez dificulto anticipar transformaciones que eran previsibles.
Para 2030, la Argentina tendrá más de un millón de chicos menos en las aulas. Ese cambio demográfico no impacta de la misma manera en todo el país. En la ciudad de Buenos Aires, la caída de la natalidad es más profunda y más rápida que el promedio nacional. En menos de una década, los nacimientos pasaron de más de 43.000 por año a menos de 25.000. La tasa de fecundidad porteña ronda hoy el 0,9, una de las más bajas de América Latina.
Está claro que la baja de la natalidad no es un fenómeno argentino ni una rareza porteña. Muchos países del mundo vienen atravesando procesos similares desde hace años. ¿Qué hicieron muchos de ellos?
Finlandia, por ejemplo, usó la caída de matrícula para fortalecer el acompañamiento individual de los estudiantes y profesionalizar aún más el rol docente. En Países Bajos, la autonomía escolar permitió que las escuelas se adaptaran según cada comunidad, con proyectos educativos distintos conviviendo dentro del sistema. Japón, frente al envejecimiento poblacional, comprendió la importancia de cada estudiante y rediseñó sus escuelas para acompañar trayectorias más flexibles.
En todos los casos, el punto en común fue el mismo: dejar de sostener estructuras fijas pensadas para un mundo que ya no existe y empezar a pensar en cada alumno.
En la Argentina hicimos exactamente lo contrario. Durante décadas, el sistema educativo se organizó alrededor de cargos, edificios y estatutos, muchas veces desconectados de los aprendizajes reales. El resultado está a la vista: chicos que pasan años en la escuela sin aprender lo básico, docentes agotados y familias que sienten que la educación dejó de ser una herramienta de progreso.
El problema no fue la caída de la natalidad en sí misma, sino la rigidez del sistema. Mientras la demografía cambiaba de manera gradual y previsible, la estructura educativa permaneció prácticamente inmóvil. Menos alumnos por sí solo no mejora la educación. Pero mejor uso de los recursos, sí.
En un esquema altamente centralizado, la matrícula se gestiona como una variable administrativa y no como un dato pedagógico. Cuando sobran alumnos, se agregan cargos y secciones; cuando faltan, se cierran de manera abrupta. No hay transición, no hay adaptación progresiva, no hay anticipación. El resultado es un sistema que reacciona tarde, mal y a los golpes, generando conflictos que podrían haberse evitado con planificación y autonomía.
En cambio, en sistemas más descentralizados, la caída de la matrícula no se vive como una crisis, sino como un proceso. Escuelas con capacidad real de decisión pueden reorganizar cursos, redefinir agrupamientos, reasignar docentes y modificar dinámicas pedagógicas año a año, acompañando los cambios demográficos sin romper el vínculo con sus comunidades educativas.
Donde las escuelas tienen margen para decidir, los cambios demográficos se transforman en una oportunidad para mejorar la calidad educativa. Donde no lo tienen, se convierte en un problema político, sindical y administrativo.
La baja de matrícula abre una ventana inédita. Pero si esa ventana conduce al mismo sistema que se hizo trampa a sí mismo, la oportunidad se pierde. El desafío es mirar fuera del marco tradicional: cuestionar el paradigma educativo vigente, pensar en espacios, horarios y agrupamientos flexibles, en respuestas múltiples y no estandarizadas, y ampliar el debate a actores hoy excluidos —familias, empresas e iniciativas basadas en inteligencia artificial— capaces de aportar soluciones pedagógicas y visión de futuro. La ventana sirve para animarse a cambiar la lógica.
La Argentina atraviesa hoy un proceso de transformación cultural profundo. Después de años de resignación, empieza a instalarse una idea incómoda pero necesaria: no todo lo que existe debe sostenerse solo porque “siempre fue así”. El orden, la responsabilidad y la revisión de prioridades volvieron al centro de la conversación pública.
En ese contexto, la educación no debe ir detrás. La educación merece estar al frente del futuro que estamos construyendo, porque es ahí donde se define y se consolida el cambio cultural en marcha.
Legisladora porteña por La Libertad Avanza
Fuente: https://www.lanacion.com.ar/opinion/menos-chicos-mas-estado-una-combinacion-que-fracasa-nid14022026/